Por: Paul Rock // Foto: MySpace Chinoy (El Zocalo)

El viernes pasado fui al primer concierto de tres de Pedro Aznar en Chile. Pero esa no es la primera vez. Creo que ya perdí la cuenta sobre cuántas veces he ido a un show del argentino. No sé por qué no me canso, si a veces las canciones se repiten. Creo que en realidad la excelencia en la interpretación seduce mis oídos y hacen que presenciar un concierto del ex “Serú Girán” sea siempre un verdadero deleite.
Pero el viernes fue especial. Claro, porque a las 21 horas el teatro estaba lleno. El productor, a quien conozco desde hace tiempo, me comentó que la empresa encargada de confeccionar y vender los ticket, había colocado una fila extra inexistente, provocando el caos en el Teatro Oriente, un excelente lugar para oír música en vivo, pero de capacidad limitada.
-Me quedé sin asiento – le comenté al “flaco”
-Sube a la platea alta por favor, de repente ahí encuentras lugar – me respondió, luego que yo solicitara una acreditación para poder escribir algo sobre este evento en la revista virtual que usted ahora tiene en frente.
Dicho y hecho. Me senté en la última fila casi al medio, mientras se llenaba todo el segundo piso que, en otra época, estaba reservado para “la gallá”. A mi lado un tipo con cara conocida se rascaba la barba, en señal de desesperación, pues el tiempo transcurría y Aznar “no salía al baile”.
-¿Está ocupado? – le pregunté indicando el asiento contiguo.
-No, hasta ahora – me respondió con algo de ironía, pues las acomodadoras podían sacarme en cualquier momento, si es que algún espectador llegaba con su ticket en mano.
Creo que el sujeto al lado estaba en la misma situación. Nunca supe quien era, pues una vez transcurrido el show desapareció, como un fantasma del teatro, como una aparición, un alma en pena de este antiguo pero remozado recinto.
La experiencia casi paranormal se hizo humo cuando apagaron las luces. Todo el mundo gritó y ahí vino el – ¡¡Ah mierda, se armó!! – pues todos esperaban ver a Aznar. Pero lo insólito ocurrió. Al escenario vino Manuel García, vocalista de los Mecánica Popular, quien más tarde editó su primer “larga duración” como solista bajo el título de Pánico. Hace un tiempo, en una de las últimas visitas del autor de discos como “Fotos de Tokio” al país, García había tenido la misión de abrir el concierto, pero en esta ocasión, tal y como dijo en el momento, se encontraba cumpliendo el rol de “maestro de ceremonias”.
Cuando estaba a punto de presentar al artista, todos estallaron en gritos y vítores. Fue Ahí cuando vino la sorpresa, que más tarde se transformó en una bastante “grata sorpresa”:
-¡Con ustedes, Chinoy! – dijo alzando la voz.
Los aplausos fueron extraños, aunque contundentes. Me imagino por la sorpresa y la incertidumbre que Manuel mantuvo durante un par de minutos, la que fue interrumpida cuando miré hacia un extremo del teatro y vi a mi fantasmal y barbudo amigo nuevamente, que en un cerrar de ojos volvió a desparecer.
Hace algunas semanas me había enterado de la existencia de este cantautor porteño. Me dio gusto que su ciudad natal fuera Valparaíso. Mi relación con la Quinta Región data de mi niñez ; Quilpue y Viña del Mar fueron algunas de las ciudades donde había vivido con mis padres, pero “Pancho”, como le dicen por allá, nunca oficio como morada para mi familia, algo que hasta el día de hoy lamento.
Chinoy parecía simpático, eso sí algo nervioso. Y quien no lo estaría. ¿Han estado alguna vez frente a una multitud sobre una tarima? La sensación es muy extraña, pues como que se ve a todos, pero sin mirar a nadie. Con guitarra en mano, jeans ajustados como de “panqueta”, botas con punta y una prominente gorra que cubría en parte su rostro, procedió a sentarse. Su guitarra era muy bonita, brillosa, de cuerdas de nylon seguro, pues como la rasgueaba, era imposible que fueran de metal. Su brillo, a momentos encandilaba un poco a los que miraban atentamente su breve pero impactante show.
Solo dos canciones, nada más. La primera, con un rasgueo de guitarra poderosísimo que llenó la sala y no dejó espacio para extrañar a otros músicos que le acompañaran. Ahí vino la voz. Había escuchado que se parecía al timbre de Silvio Rodríguez y puede que sí. Pero mientras escuchaba, me dio la impresión que su tono era más alto, distinto, singular y eso fue agradable.
No despegué ni un rato mi vista del cantautor, que mientras tocaba, meneaba las piernas nerviosamente, siempre muy concentrado en lograr ese “riff”, como ensimismado en su canto y sonido. A esas alturas poco me importaba mirar hacia otro lado, creo que también sentía miedo por ubicar con la mirada, inexplicablemente, al sujeto de barba en otro lugar imposible de llegar por la gran cantidad de personas que ese día asistieron al show.
Lo de Chinoy fue preciso, instantáneo, medular. En dos canciones logró plasmar a fuego en los asistentes cuál es su formato. Nada de trova, éste no es trova o por lo menos no se encasilla en ello. Quizá solo tiene algo del estilo, pero sin duda su verso y sonido huelen a callejón porteño, a historia triste pero con esperanza, huelen a puerto, a “container”, a viejos jugando damas en la Plaza Echaurren porque aunque no lo quiera, este artista está condenado a llevar sobre sí el designio del puerto, algo que para nada se transforma en un elemento negativo.
¡Tan, tan! Y se acabó. Chinoy se fue tras bambalina, después de hacer un ademán con su mano izquierda para aumentar los aplausos que en ese instante eran más que suficientes. Había logrado su objetivo pero yo tenía uno que cumplir: Saber donde estaba el sujeto de la barba.
Aznar salió a escena y fue lo de siempre, excelente. Cantó una de mis favoritas, “Tu Amor”, esa que hizo en su periplo con Charly hace hartos años atrás. Vinieron un par de temas más y me fui. Aznar acostumbra hacer conciertos largos en Chile. Aproveché para ir al baño, una sensación de sorpresa, miedo e incertidumbre se apoderó de mí. Cuando pasé por el lobby, compré el afiche oficial del concierto en 500 pesos. No salía Chinoy, pero me gustaba como lucía la foto de Aznar. De pronto alguien me tomó del brazo y me congelé por completo. Pensé que era el tipo de barba que, hasta ese momento, se había transformado en mi cabeza casi en una espanto andante, una figura diabólica, un muerto vivo, un difunto con salvoconducto, quizá producto de tanta película B de terror que vi cuando era chico.
-¡Hola! ¿Otra vez viendo a Pedro Aznar en vivo?. ¿Cuántos veces ya has venido? La última vez estuviste en las dos funciones – dijo una voz que lentamente se tornaba familiar mientras volvía mi rostro.
Era Matilde. Hace años que no la veía y ahora lucía más radiante que nunca. Conversamos un poco y ambos salíamos del teatro media hora antes que el show terminara.
-¿Por qué te vas antes? – le dije.
-Quizá por la misma razón que tú – contestó.
La tomé del brazo y casi por inercia salimos juntos con dirección a un bar, mientras una sombra miraba desde el hall central.
-¿Quién es él? ¿Lo conoces?
-No, pero cuando venía para acá me dijo que te entregara este papel.
Lo tomé con la mano derecha y el espanto se hizo realidad, pero el lúcido y vivo rostro de Matilde mitigaba el temor. Tomé el papel pero no lo abrí. Quizá les cuente qué decía en otro capítulo, cuando me arme de valor y vuelva el próximo año a ver a Aznar al Teatro Oriente Ojalá Chinoy esté ahí con sus canciones… y Matilde y el fantasma descanse en paz con un show que al fin lo libere de su penitencia.


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